Cada vez que pasas tiempo con tu nieto, te sientes la persona más afortunada del mundo, ¡enhorabuena tienes nieto que es un tesoro!.

Tu nieto es lo mejor que te ha pasado, incluso mejor que cuando nacieron tus hijos y es que un nieto es el mejor regalo que un hijo/a puede hacernos. El amor que se siente por los nietos es único, tan diferente a aquel inmenso que sentimos cuando nos convertimos en madres por primera vez. Tener un nieto es cómo recibir un premio; sus cosas, juguetes, fotos y recuerdos rellenan nuestras casas y nos ocupan todo el tiempo, jugando con ellos e inundándoles de besos, de abrazos y de amor desmedido.

Nuestros nietos son nuestro pasado, presente y futuro. Nuestra historia familiar que se perpetúa, nuestro granito de arena en el mundo, esas personitas que nos sucederán. Además los nietos son herederos de algunos de nuestros genes, nadie lo puede negar, por algo dicen que muchos genes saltan de abuelos y nietos. Muchas veces nos vemos reflejados en ellos, volver recordar

nuestra infancia y rememorar los recuerdos de cuándo éramos niños es volver a sentir esa frescura de la infancia y ser muy muy felices. Está alegría que trae un nieto no sólo es buena para nuestra salud, nos alarga la vida, dándonos más esperanzas e ilusiones.

Convertirse en abuelo es una inyección de vida. Los nietos nos contagian la alegría infantil, pero su llegada no implica los grandes cambios que introdujeron en nuestras vidas los hijos. «El nieto es algo más lejano. No es una decisión personal como lo fue el hijo, con el que el vínculo es más directo y cuyo nacimiento supone un cambio radical en la trayectoria vital de las personas: los hijos nos hacen madurar; los nietos, a veces, rejuvenecer, porque con ellos volvemos a hacer cosas que ya hicimos como padres», reconoce el psiquiatra Javier de las Heras. Los nietos no sólo nos rejuvenecen, sino que nos acercan más a nuestros hijos «con los que se establecen unas relaciones mucho más simétricas, porque el abuelo deja de ser quien manda en la familia». Se trata ya de unas relaciones de igual a igual, que, comienzan a gestarse en el mismo momento en que los hijos abandonan el hogar paterno; cuando nace el nieto, los abuelos consideran ya definitivamente a su hijo como un adulto, y le tratan como a un igual.

Nuestros nietos, se convierten en amigos, cómplices y compañeros favoritos de juegos, continuamente nos enseñan que, aunque no lo creamos, todavía tenemos mucho que aprender, despiertan en nosotros nuevos sentimientos y pasiones, ablandan nuestro corazón, nos hacen reír con su risa contagiosa y nos hacen soñar gracias a su imaginación.



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