Ya está aquí la era digital, que tantas veces vimos profetizar en películas y libros de nuestra infancia.

Desde la futurista: “2001, Odisea en el Espacio” de Kubrick, hasta la cocina ultramoderna de las películas de Gracita Morales, que recordamos con nostalgia. Siempre nos hemos imaginado y hemos soñado con ése mundo digitalizado en el que la tecnología reinaba sobre todas las cosas; este tiempo ya ha llegado.

Nosotras hemos vivido una generación de cambio, hemos experimentado el salto a la era digital y no diferenciamos muy bien entre el 2.0 y el 3.0, los milenials, la cibernética y miles de términos nuevos que se han acuñado para poner nombre a todas estas cosas.

Nuestros nietos son la materialización fehaciente de este gran cambio. Los niños de hoy en día nacen con un iPad en una mano y un móvil en la otra y viven “conectados” en todo momento, lugar y todo esto les parece lo más normal. Ellos, a diferencia de nosotras, no han conocido otra cosa.

Este asunto de la era digital, me tiene algo revolucionada y si os soy sincera también algo preocupada. Lo cierto es que no pocas señales de alerta he tenido desde que me convertí abuela por primera vez.

En esta ocasión me dejaron a mi nieto de bebé en casa acompañado de un interfono que tenía cámara, medía temperatura y casi hasta que daba biberones, cómo os podéis imaginar nunca lo llegué a conectar; yo simplemente me limitaba a recibirlo cómo parte integrante del ingente equipaje que conlleva hoy en día un bebé;  una serie de artilugios que, según sus padres son imprescindibles, pero que todas las abuelas sabemos que no lo son: esterilizador, calienta biberones, chupetes digitales, medidor de temperatura del baño, etc…

Años más tarde, tuve un segundo encontronazo con la tecnología y fue justo cuando me regalaron mi primer móvil. Era verano y fui a pasar unos días de vacaciones con mi hija, su marido y mi nieta. Mi yerno, que es muy moderno, había alquilado una vivienda con tecnología domótica cerca de la playa y cómo mi hija y su marido se marchaban dos días a hacer una excursión, me pidieron que yo me quedara al cuidado de mi nieta de 12 años que estaba inmovilizada con la pierna rota y por ese motivo no podía ir a la excursión. Nieta y abuela estábamos encantadas. El primer día tuve que salir a hacer unas compras y la dejé, móvil en mano tumbada en el sofá viendo una película, con la instrucción de que a la mínima necesidad me llamara por teléfono y yo acudiría rauda de vuelta a casa. Lo cierto es que me entretuve porque habían montado un mercadillo a la salida del mercado y cuando regresé a casa, me encontré todas las persianas bajadas y pensé que mi nieta había querido recrear la oscuridad del cine mientras veía su película, pero al entrar no la encontraba, resulta que no fui capaz de encender las luces, y cuando la llamé la oí gritar desde el cuarto de baño. La reprimí por haberse movido sola y no haberme llamado por teléfono y me contestó enfurecida que en vez de mi móvil, me había llevado el mando de la domótica de la casa, no sólo no podía comunicarse conmigo sino que, sin querer, la había dejado sin luces, encerrada y persianas bajadas tras mi marcha. Acordamos entre las dos no contárselo a sus padres, pero esto hizo saltar en mí las alarmas y es que, a veces la tecnología puede ser contraproducente y más que ayudarnos nos complica.

Pero la gota que colmó el vaso sucedió hace apenas un mes mientras ojeaba con mi nieto más pequeño el catálogo de El Corte Inglés para seleccionar los regalos que iba a pedirle a los reyes; ¿cuál fue mi sorpresa cuando vi la frustración de mi nieto al no poder ampliar con los dedos la foto de un lego de construcción, cómo si se tratara de una imagen de iPad o de móvil?. Está claro que el mundo ha cambiado y nosotras, cómo abuelas modernas que somos, no nos podemos quedar atrás.

 

 

 

 

 



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