Siempre recuerdo la Navidad de cuando mis hijos eran pequeños como algo muy especial. Nunca faltaba el árbol bien adornado con su estrella en lo alto. Por supuesto, el Belén presidía el salón con el ángel custodiando el Portal y sonaban los villancicos en la cena de Nochebuena que compartíamos con los abuelos, los tíos y los primos. La merienda previa al día de Reyes  nunca faltaba el chocolate bien calentito con unos roscones deliciosos y con sorpresa. Por la noche, disponíamos los turrones y las copas de champagne para que sus Majestades de Oriente repusieran fuerzas; tampoco se nos olvidaba poner el agua para calmad la sed de los camellos. Entonces, colocábamos los zapatos bien limpios alrededor del árbol y nos despertábamos por la mañana con los regalos que habíamos pedido a los Reyes. Era la noche más mágica del año, la que representa para los niños una emoción sin igual.

Todo esto sucedía mientras tenía poder de decisión sobre mis hijos y les organizaba su tiempo. Sin embargo, llega un momento en que los hijos tienen otros planes y ya no viven esas tradiciones igual que tú. Y, sin embargo, tú sigues intentando mantenerlas, porque sigues teniendo la misma ilusión.  Pero es tu ilusión. Ellos, durante una época, tienen las suyas propias. Le dan importancia a otras cosas y, por qué no, se construyen sus propias tradiciones con sus amigos, con sus compañeros de clase o con otros grupos, que no tienen por qué ser incompatibles con las tuyas. Hay una época, en la que no hay niños en casa, en que la Navidad pierde ese encanto y esa ilusión. Es una época en que las emociones, los sueños y las esperanzas se mitigan en pro de los recuerdos de las personas que ya no están y de la nostalgia por los tiempos pasados.

Y, de repente, se produce el milagro. Llegan los nietos y vuelve la Magia de la Navidad. De repente, todo se ilumina. Vuelven los villancicos, los adornos de Navidad. Vuelve la alegría, la ilusión y el espíritu navideño. Vuelve el calor y el color de la Navidad. Vuelve a oler a hogar, a familia y a tradición, y todos aquellos sentimientos que parecían dormidos, se despiertan de golpe. Las abuelas, cuando llegan los nietos, tienen la oportunidad de recuperar ese ideal de Navidad en la que potenciar los valores, la generosidad, el amor, la bondad.

No hay nada más precioso para una abuela que soñar la Navidad con sus nietos.

Hoy recomiendo el libro Cuentos de Navidad de Charles Dickens, todo un clásico.

Los cinco relatos de ‘Cuentos de Navidad’ están llenos de parábolas y moralejas para tratar de inculcar valores en los lectores. Historias de amor, mezcladas con lo sobrenatural y el misterio serán las protagonistas, todo ello aderezado por la ambientación navideña que los une. Un gran regalo para estas Navidades y para inculcar en los niños el espíritu de la Navidad.

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