Lo veo anunciar siempre por todos lados y no paro de escuchar a mis hijos y nietos hablar de las ofertas que encontraron por internet, para todo tipo de cosas, desde un frigorífico a un fin de semana en la montaña. Todos hablan de grandes ofertas sólo aplicables a compras online y fuera de los clásicos periódicos de rebajas, que si el Black Friday, que si el Cybermonday… a mí todo esto me suena como el Bloody sunday de 1972 en Irlanda, que motivó la famosa canción de U2, el grupo favorito de mi hija mayor.

Me doy cuenta de que el comercio online es un mundo de posibilidades que se abre ante mí, y que todavía lo tengo inexplorado.

A las puertas del Black Friday, cualquiera nos preguntamos de dónde proviene, y porqué de repente se ha convertido en un fenómeno tan extendido. Al igual que pasó con San Valentín o con Halloween, la globalización hace que muchas tradiciones celebradas en otros países pasen a serlo en el nuestro también. El Black friday es, o mejor dicho empezó siendo un evento puramente norteamericano: El Viernes negro se celebra el primer viernes después del Día de Acción de Gracias y en Estados Unidos es un día festivo, por lo que millones de americanos aprovechan para hacer las compras de Navidad. Esto se mezcla con unos descuentos en ocasiones masivos. Con un nombre originado a medio camino por el apodo puesto por los policías de Tráfico de Filadelfia, que veían las calles siguientes a Acción de Gracias colapsadas por gente y vehículos, y también la explicación de que las cuentas de los comercios pasan de estar en números rojos a tener cifras en negro (o sea, sin pérdidas).

A mí esto de la compra online no me ha convencido mucho y cómo dispongo de tiempo libre, siempre me ha gustado ir en persona a vivir la experiencia sensorial de compra, el directo ofrece muchas ventajas; puedes palpar el producto, probártelo, asegurarte de que conoces el 100% de sus características…

Pero lo cierto es que cada vez me doy más cuenta de que prácticamente no compro nada en oferta y siempre pago el precio completo. Precisamente siempre trato de evitar los periodos de rebajas, ya que los centros comerciales se convierten en terreno abonado para la guerra, dónde miles de personas ávidas de compra, se disponen a cazar la mejor oferta. Lo cuál me hace preguntarme si realmente las cosas valen lo que son o si yo soy la que más paga por algo; ¿cómo es posible que unos mismos zapatos cuesten el mismo día 160€ en la tienda y en cambio online, ese mismo día 100€?.

Por ello me he convencido de que lo mejor para comprar en rebajas es hacerlo online; ¡qué placentero puede ser adquirir algo a un imbatible 70% de descuento, y todo ello desde la maravillosa calma del hogar, sentada en mi sillón, con mi música favorita de fondo y una taza de té humeante sobre la mesa!

Estoy segura que se así se saborea mucho mejor el triunfo de una buena compra.

 

 



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