Desde que me introduje en el apasionante mundo de la Inteligencia Emocional, hace ya años, he leído y estudiado todo lo que cae en mis manos sobre este tema y me he centrado especialmente en la Inteligencia Emocional de las mujeres.

¿Por qué en la Inteligencia Emocional de las mujeres? Me llaman la atención dos factores. Por un lado, los aspectos emocionales parecen haber estado reservados para ellas desde pequeñas. “Los hombres no lloran” oíamos decir a nuestros padres dirigiéndose a los chicos, porque los que lloraban eran unas “nenazas”. Los chicos tampoco podían tener miedos a riesgo de que les llamasen “gallinas” y en algunos casos les ascendiesen a la categoría de “capitán de las sardinas”.

Por otra parte, a pesar de que la tristeza y el miedo se consideraban parte de la personalidad femenina, había que sufrirlas en silencio, sin poderse mostrar en público, porque era de mala educación y te podían tachar de “histérica”.

Ante semejante escenario, me pregunto cómo hemos llegado hasta aquí más o menos sanos y salvos hombres y mujeres. Afortunadamente, a pesar de la cantidad de “etiquetas” y “creencias” que aprendemos de niños, los adultos podemos trabajar para integrar la Inteligencia Emocional en nuestras vidas y desterrar aquellas ideas que formaron parte de nuestra educación, pero que nos limitan y nos generan tantos conflictos emocionales. Por supuesto, hay que mantener y fomentar todas aquellas que nos sirven para una mejor convivencia.

Diversos estudios realizados muestran algunas evidencias de que la mujer tiene un índice de Inteligencia Emocional mayor que el del hombre, y, si bien los hombres consiguen regular mejor sus emociones, las mujeres tienen más atención emocional y empatía y en general, una mayor riqueza emocional.

¿A qué es debida esta riqueza emocional? Independientemente de las diferencias en la estructura del cerebro masculino y femenino, que las hay, existe un conjunto de factores que han contribuido al desarrollo de la Inteligencia Emocional de la mujer. Tradicionalmente a la mujer ha sido preparada para atender las tareas propias del hogar y para el cuidado de los hijos. La educación con mayor autodisciplina, espíritu de sacrificio, resignación y sensibilidad tiene como resultado que la mujer haya desarrollado una mayor fortaleza y riqueza emocional.

Sin duda, los tiempos han cambiado, pero esa herencia tardará años en desaparecer por completo y mientras tanto esa riqueza emocional, bien gestionada, aporta a la mujer grandes valores. Su capacidad de empatía, de reconocer los sentimientos ajenos, de resiliencia y, en definitiva, de afrontar las circunstancias que la vida nos presenta, hace que sean una “mina” emocionalmente hablando.

Por eso me gusta tanto trabajar en procesos de coaching con mujeres, porque no dejan de sorprenderme.

Hoy recomiendo el libro “Las diosas de cada mujer” de Jean Shinoda Bolen, que habla de las diosas que hay en cada una de nosotras. Cuanto más compleja es una mujer más probable es que tenga dentro de sí muchas “diosas activas”. La tarea consiste en decidir cuál de ellas cultivar y cuál superar.



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