Empieza un nuevo curso y con él los propósitos de todos los años. Sí, de todos, porque la mayoría de nosotros no habremos cumplido los que ya nos propusimos el año pasado, y el anterior y el anterior. Tan sólo un pequeño porcentaje de la población lo consigue.

Lo de ir al gimnasio, adelgazar y aprender inglés son propósitos que se quedan en eso, en sólo propósitos. A veces ocurre que estos planes en realidad no los deseamos, sino que simplemente nos parece que “deberíamos” o “tendríamos que” hacerlos.

El propio lenguaje es muy ilustrativo. Si yo me digo tengo que adelgazar, mi cerebro percibe esta frase como una obligación que obedece a una necesidad o a una creencia. Sin embargo, si me digo, quiero adelgazar, el cerebro la entiende como un deseo motivador, como un objetivo por el que voy a luchar.

¿Qué hace que algunas intenciones nunca se lleven a cabo?

La cuestión sería preguntarse si dicha intención parte del pensamiento “estaría bien que ocurriese”, o si es algo que realmente deseamos. Si lo queremos de verdad, nos lo tomaremos en serio y actuaremos en consecuencia. Tomas la firme determinación de conseguirlo.

La intención se instala en el “me gustaría”, mientras la acción supone “lo voy a conseguir”. Todas las intenciones hablan de futuros inciertos. La acción, sin embargo, habla en presente. La intención se pospone de un día a otro, y otro y otro y siempre es la misma mientras no se convierta en acción. La acción trae resultados. ¡Esa es la gran diferencia!

Y ¿qué es lo que hace que un deseo se convierta en acción? La voluntad y la perseverancia. Cuando alguien de verdad se propone algo y quiere conseguirlo, no hay excusa, ni persona, ni flaqueza que le aparte del camino.

Decía Ramón y Cajal, que “si hay algo en nosotros verdaderamente divino, es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, reconstruimos el cerebro y nos superamos diariamente”.  Por su parte Victor Hugo decía que “la mayoría de los hombres no carecen de fuerza, sino de constancia”.

La fórmula es simple: voluntad + perseverancia = éxito.

Y tú ¿eres de las que lo intentan o de las que lo hacen? Para saber la solución, pregúntate si lo que estás haciendo hoy te acerca a conseguir tu propósito. Porque no hay otra manera. Un paso, otro paso, otro paso… y así hasta llegar a la meta.

¡Ah! ¡y no te olvides de felicitarte por cada logro obtenido!

Hoy recomiendo el libro de Pilar Jericó ¿Y si realmente pudieras?: La fuerza de la determinación.

Todos tenemos listas de sueños pendientes. La teoría la sabemos; sin embargo, pasa el tiempo y seguimos como si nada. El miedo, la comodidad, las lealtades ocultas o nuestra propia educación nos lleva a quedarnos en el mismo sitio. ¡Pues bien, ya es hora de dar el paso!

Podemos conseguirlo, porque contamos con una fuerza poderosa: Nuestra determinación.

Adquiérelo aquí

 

Blanca Fernández-Galiano



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