Sin ánimos de ser la bruja de la casa, la verdad es que la más “rancia” en lo que a chupetes se refiere soy yo. Es ver llegar a mis nietos con el chupete en la boca y sentir que me convierto en lo más parecido a la niña de el exorcista. Protesto, retiro, digo, suplico.

Admito que utilizo consignas cuanto menos poco científicas. Les digo que les deforman la boca. Estoy convencida de que afecta a su relación con el lenguaje. Eso puede que les importe a sus padres porque he notado que ellos ni se inmutan. Tampoco les afecta a sus pequeños adictos que les diga que están menos guapos o que les estropea la sonrisa…, creo que de momento no son presas de la estética ni se detienen a evaluar si están más atractivos en la foto que les hicieron sin él, aunque con lágrimas o con él y con lágrimas, que no falten. Y luego está la eterna discusión, que se convierte en familiar, en cuanto se pasa una tarde juntos, de si el recién adquirido en la familia debe llevarlo desde que llega del hospital. Por no hablar de los a favor y en contra de ponérselo o de dejar que el bebé se lleve las manos a la boca y las succione con fruición, auténticas sustitutas del chupete.

Nadie se llevará las manos a la cabeza si hablo de higiene, de lo poco que me divierte encontrarme el chupete en cualquier rincón de la casa, una vez junto a los vasos de la comida, otra en la alfombra, a veces en la cuna, o en el sofá, o en el baño. No se trata de esterilizarlos o hervirlos como hacíamos cuando mis hijos eran pequeños. Pero entre eso y la manía de las madres de metérselo en la boca, como si la suya estuviera libre de cualquier tipo de germen hay una distancia.

No puedo negar que yo también he recorrido farmacias hasta encontrar el más parecido al pringoso que se perdió antes de llegar a mi casa en la que iban a pasar el fin de semana. Y que en realidad no se había perdido sino que yo misma lo había tirado al cubo de la basura, tras observar su precariedad. Tampoco puedo negar que más de una vez me he visto obligada a revolver los armarios por no recordar dónde lo metí la última vez que durmió la siesta conmigo.

Pero tengo que contaros una cosa. La última vez que mi pequeño Luis, de 18 meses (esa mayoría de edad para el chupe) entró en casa estropeando su maravillosa sonrisa le convencí para que se lo quitara el tiempo que estuviera conmigo, excepción hecha de dos momentos del día: la siesta y la noche, aunque confieso que alguna vez que se ha caído, yo lo he hecho en la tentación de dárselo. ¿Y cómo le convencí? Con la complicidad, casi con lo único que se se consigue vencer a las fuerzas enemigas familiares.

Le conté que debíamos guardarlo juntos, en un lugar que solo él y yo considerábamos el mejor, en un bote sagrado, que también elegimos juntos y donde nada más llegar a casa sabe que debe depositarlo. Una proeza que no sé si van a ser capaces de reproducir en su casa.

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Y si además de guardarle el chupete quieres reforzar el porqué de guardarlo, te recomendamos este libro que puedes leerles por la noche. Así incluso igual se deciden a quitárselo también antes de dormir:

Los superhéroes no llevan chupete (Soy un superhéroe), de Christian Inaraja Genis. Consíguelo aquí

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