Te nombro heroína porque yo misma lo soy o así lo siento después de la que he liado estos días desde poco antes de que comenzaran los fastos de la Navidad, una vez más. Y todo empezó, como empieza todos los años, muy pronto, con la fiesta del cole de los gemelos, a la que no podía faltar, la preparación de la cena de Nochebuena que tiene que ser en mi casa, recogiendo como el coche escoba a los que vienen de fuera, a los que vienen siempre y a los que no tienen plan y mi hija pequeña siempre recoge, que se ha tomado muy en serio el tema solidario. Una cena que son varias cenas, teniendo en cuenta que hay intolerantes al marisco, vegetarianos, alérgicos al gluten, comilones exagerados varios y pequeños tiquismiquis que más allá del puré de verduras de la abuela se niegan a comer muchas más cosas.

Se me olvidaba el aperitivo en casa de mi madre, que ya no quiere muchas celebraciones fuera y prefiere que en las festividades varias se pase por su casa a probar sus delicatessen.

Tras las innumerables visitas de unos y de otros, incluida la de Luis, que estudia fuera por primera vez en su corta vida, mis noches no han vuelto a ser las mismas. Mi bodega tampoco, sobre todo porque mi casi otra mitad ha decidido este año salir de su típico ostracismo para celebrar lo celebrable con todo bicho viviente.

He de hablar también de las compras, que siempre me prometo empezar en noviembre y nunca lo consigo, por lo que me he pasado entre las fiestas de mercadillo en mercadillo y de planta de juguetes en planta de juguetes buscando el último coche de carreras de moda, claro que lo mío no es nada, que mi amiga Carmen se pasó dos días buscando un cohete rosa.

He de reconocer que todavía me quedan en casa restos de uno de los varios roscones que entraron y que a pesar de repartir en tuppers han sobrado. Y la verdad es que, sobras aparte y  a pesar de mis esfuerzos, vuelvo a tener el mismo kilo (o algo más) donde no debería estar y ahora tengo que ponerme de nuevo manos a la obra para perder, que en eso no me importa nada ser una looser.

Me doy ánimos a mí misma, pensando que finalmente siempre ocurre lo mismo, siempre corro lo mismo, y como lo mismo… y siempre gano en ternura que recibo de los míos, especialmente de mis nietos. Y siempre acabo perdiendo los kilos que he sumado con tanto turrón, tanto champagne y tanto roscón. Por cierto, ¿alguien quiere? Aún me queda.

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