Desde que llegaste a esa casa, hace ya ni te acuerdas cuántos años, y descubriste que tenías vecinos con hijos más o menos de la edad de los tuyos, decidiste que eran buenos cómplices para el verano. Ahora no sabes qué ocurre. No sabes si han cambiado ellos o han cambiado tú. Pero sus hijos, como los tuyos, crecieron y se multiplicaron, y ahí están de nuevo las generaciones jóvenes intimando entre casas.

Para todos ha sido un consuelo saber que había cerca niños de las mismas edades, sobre todo para evitar que la habitación de los nietos se convierta en el camarote de los hermanos Marx, repleta de amigos “de toda la vida”, aunque sean del nuevo colegio.

Así que hay suerte. Ls vecinos y tus nietos van y vienen. De una casa a la otra. Y a veces hasta tienes la tentación de pedir que los tuyos duerman en la otra… No va a pasar y a lo mejor ni lo consientes, pero la tentación es lo que tiene, que es libre. A veces crees estar en el paraíso porque han desparecido los tuyos y se instalan en la otra casa. A veces crees estar en el infierno porque han desparecido ellos de la suya y conquistan la tuya.

Hasta ahí, vale, más o menos.

Porque hay momentos en los que se traspasa la barrera roja y este verano ha tenido lugar uno de esos cruces. A las 8 de la mañana, el trío “calavera” de al lado ha tocado el timbre de tu casa, mientras aún dormía el abuelo, el recién nacido y los adolescentes…, es más, casi tú, que a punto has estado del ataque. “Que si podemos ir con Luis y Carla a coger cangrejos”. Has estado entre el “anda, pasad a tomar unos churros”, que ya has ido a comprar, o el “a estas horas no están puestos los ríos”. Pero simplemente les has dicho que no, que los nietos están dormidos, que vuelvan más tarde, y te has quedado tan ancha.

En qué momento cambió la educación entre los padres y los hijos, porque los padres de esta tribu no eran así, estás más que segura, porque lo viviste también. En qué momento, los abuelos vecinos decidieron dejar que el trío haga literalmente lo que le da la gana. En qué momento te has quedado anticuada… Todo eso pasa por tu cabeza hasta decir a los críos que no, que más tarde, que seguramente los cangrejos están durmiendo y que vuelvan en un par de horas para ver si hay mejor suerte.

Y mientras se arrastran literalmente hasta su casa, frustrados y dormidos, decides que esa misma noche apagarás todas las luces de la casa para inducir a pensar que no estáis, no vaya a ser que vuelvan a pedir que tus nietos se vayan de verbena o a por cangrejos noctámbulos.



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