“Son los niños más guapos” o “Mi vida no ha vuelto a ser la misma” son seguramente dos de las frases que más exclamas como abuela. Exagerada o no, lo que tienes claro es que ser abuela es sinónimo de una cierta revolución en tu vida. Unos cambios que ahora que estás esperando a tener la casa llena de hijos y nietos sabes que no son una exageración. Y, por si lo dudas, te lo ponemos clarito en cinco imágenes que se corresponden con el antes y el después de tu verano:

1- Antes de ser abuela, tu terraza era una fiesta a la hora del aperitivo, entre conversaciones animadas. Ahora, a la hora del baño o de la comida de los pequeños antes que los mayores todos desaparecen como por ensalmo y la fiesta se traslada a la cocina o el baño, mientras tú te tomas una cerveza sola al tiempo que mandas tus mensajes a las amigas.

2- Antes de ser abuela, tu piscina estaba abierta a todas horas para disfrute propio y de tus invitados, con derecho a sombrilla y tumbona. Ahora, tienes diversas misiones. A saber: arbitrar batallas de agua entre equipos formados por nietos y amigos, ayudar a los más pequeños a dar sus primeras brazadas, dedicarte a llenar las pistolas de agua para que los ejércitos no se queden secos.

3- Antes de ser abuela, tú eras la reina del orden y tus armarios de cocina su territorio más fiel, con todos los tarros de mermelada dispuestos en orden según sus sabores. Ahora, tienes un número indeterminado de cajas de cereales, galletas, cremas de diferentes sabores, hasta chocolates colonizando tus estanterías.

4- Antes de ser abuela, tus mesas eran la admiración de los invitados: caminos de mesa de lino, vajillas de porcelana, cubertería de la tatarabuela, candelabros. Ahora, te has convertido en la fan número uno de los manteles de tela plastificada que sirven para que coman varios turnos cada día.

5- Antes de ser abuela, todo el mundo esperaba a todo el mundo para el desayuno ordenado con los mejores croissants y ensaimadas de la panadería de la esquina, con zumo de naranja, casi siempre exprimido por ti y muchas ganas de compartir el comienzo del día. Ahora, el desayuno dura lo que dura la mañana. A las 6 para el recién nacido, hasta las 13 horas a las que resucita el adolescente… y la mesa siempre esperando con la mantequilla derritiéndose por el calor.

No tengas la tentación de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Porque tú sabes que la felicidad por unos años puede convivir con el desorden y los desajustes que uno o varios nietos proporcionan. Al fin y al cabo, son de lo mejor de tu vida.

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