Reconócelo. Torturaste a tus niños con esa hora y media de digestión, en la que no había playa, ni río, ni piscina, para dedicarte tú una buena siesta “segura”. La venganza se sirve cruda.
Y ahora te torturan sus hijos. Toca quedarse con su pequeñín y, como no tengas Shin Chan en tu ipad, pasas de ser súper abuela a reina madre de las madrastras en un click.
Y tú que gritabas por las esquinas “Nadie me llamar á abuela” llenas y vacías la memoria de tu móvil, foto va, vídeo viene, como si los minutos que os atan fueran de oro. ¡Si has llegado a grabarles pintando tus más preciadas paredes!
Vale, vale, eso fue en invierno. Ahora con el buen tiempo, ya puedes desfogarlos al aire libre. Por cierto, ¿te han pedído ya ese helado de hielo que les deja la lengua como caperucita?
¡Nunca un no por respuesta! Esa es la consigna de una abuela guay. La respuesta correcta es: Los míos tiñen menos.
Vamos a hacerlos juntos y a comerlos juntos. Ya, ya sabemos que has frustrado su más íntimo deseo de acabar con la boca de payaso y una lengua de fuego, pero para eso siempre hay tiempo. Aunque, bien mirado, ojito a los rotus de colores. Recuerda que tienes un vengador en casa.

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